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El arte de caminar entre las paredes

15 de agosto de 2014

Recostado contra la barra de lo que antiguamente era un bar y que ahora cumplía la poco decorosa misión de precario almacén, así mientras observaba un cabo de escoba descabezado y mal pintado, así como percibía el mohoso olor de un antiguo radiador que solo podría desear terminar en una fundición, así, y de ningún otro modo, comprendió la triste realidad de su increible existencia.

Dueño de una capacidad sin igual para evadir cualquier confrontación no pudo evitar, por fin, enfrentarse a sí mismo. Un cable telefónico arrollado sobre si mismo un número infinito de veces solo le recordó lo inútil que sería escabullirse de sus propios pensamientos. Se vió en el fracaso y el triunfo, pero esos momentos eran una borrosa sombra de su verdadera vida, una vida que continuamente se desmoronaba con los vaivenes del viento, del destino.

En ese sublime momento de reflexión, el agudo chillido de la voz de su compañero de puesto lo arrancó hacia la realidad, como quien quita una costra antes de tiempo, y lo hizo dar un ahogado grito que se discipó bajo los acordes marciales del tibre de cambio de turno. Dejó caer sus brazos como marionetas muertas y empleó lo poco que le restaba de voluntad en ponerse de pie frente a su improvisado banco de trabajo para la inspección vespertina.

Como en sueños escuchó un reclamo desdeñoso sobre la disminución de los indicadores de ecuaciones resueltas del mes en curso, palabras que sonaban como el muerto tronco de cualquier árbol en aquel mundo triste y decadente.

Manuel Herrera
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