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El hombre atemporal

26 de abril de 2010

Jorge Cifuentes era un hombre normal. Su cabello peinado de medio lado, ni corto ni largo, realzaba su caracter de hombre del común. Vestía siempre un traje de color indefinido, habitaba en un cuarto común y corriente, y siempre recibía de cumpleaños, indefectiblemente, una corbata gris. Jorge Cifuentes era sólo un hombre más. Llegaba a las sietes a su trabajo, movía papeles, cajas o personas de un lado para otro, cumplía su obligaciones hasta las seis de la tarde para verse, finalmente, durmiendo en su cama a las nueve. El era un tipo tan normal que era casi indescriptible, porque practicamente pasaba desapercibido. Todo en el era normal, pero sus anhelos...

Jorge Cifuentes no tenía amigos, pero todo el mundo lo distinguía. -Si- dice el señor de la esquina detrás de su cajita de dulces y cigarros-, todos los días pasa por aquí, me saluda, se compra un chocorramo y se va a esperar la buseta ahí en frente.

Algunas arrugas delinean su rostro cuarentón de un modo absolutamente normal. Mientras ve las noticias del medio día se toma una sopa del mismo color de su traje, continuando con su su absoluta e impasible normalidad. No es alguien que atraiga muchas miradas, menos aun con una cuchara llena de un líquido espeso y grisáceo a punto de entrar en su boca, pero yo cometí la imprudencia de ver más allá de la cuchara. Sus ojos no reflejaban esa normalidad que pretendía exhibir. Jorge Cifuentes no tenía muchos anhelos, sólo tenía uno.

Esos ojos podrían abrigar muchas cosas: agobio, cansancio, ira, desesperación, aburrimiento, desidia, insanía o pereza, pero lo que ví fueron siglos de profunda soledad. Torpemente me moví, haciendo caer el jugo sobre mi pantalón. Al volver la mirada hacia su mesa, me encontré con un plato a medio empezar y una cuchara goteando sobre el mantel.

El único anhelo de Jorge Cifuentes era poder morir, sólo eso, ni siquiera morir en paz, o dignamente, simplemente morir.

Pero el no siempre fue normal. Desde su nacimiento estuvo rodeado de eventos tan extraordinarios e inverosímiles como absurdos y aberrantes. Nació en una pequeña aldea en la época del oscurantismo. Su madre y su padre murieron esa misma noche a causa de una desconocida plaga. Lo que sería una muerte segura para una indefensa criatura recién nacida, fue una penosa tortura de varios meses de hambre y abandono, hasta que fue encontrado por una loca vieja que oficiaba de bruja. En medio de viejos trastos y restos de comida deshechada, vivió hasta la muerte de su madre adoptiva. Luego fue ayudante de obra, barquero, peón, campesino y muchas otras faenas por cerca de cuatro siglos, siempre luciendo el mismo rostro, las mismas arrugas y el mismo pelo, una apariencia de lo más normal.

El mundo creció y fue un mejor escondite para alguien de su condición. Fue zapatero, operador de una planta, chofer, albañil, carnicero, mecánico, jardinero, pero lo que mejor le quedó fue ser empleado de oficina. Allí se podía camuflar con innigual facilidad, prácticamente no tenía que finjir nada, nadie lo tenía en cuenta. Por ello recibía siempre de cumpleaños una corbata de color gris genérico. Pero ya no soportaba su existencia, no por las corbatas, sino porque ya lo había visto todo, hasta que me vió a mi.

Al salir del restaurante, abochornado y con medio pantalón aun mojado, no me percaté de su presencia. Caminé otro par de cuadras más, intentando y esperando infructuosamente que la enorme mancha se evaporara. Llegué a un lugar solitario cuando una mano me detuvo asiéndome de mi hombro. Sorprendido, me di la vuelta y me encontré con el rostro normal y corriente de Jorge Cifuentes.

-La vieja bruja tenía razón, pero al principio no le entendí y luego no quise creerle- dijo en un tono de lo más normal-. Llegaría el día en que otro más cargara el peso de la inmortalidad, me miraría a los ojos y descubriría la desgracia de mi situación- agarrando mi cabeza entre sus manos, dibujo una sonrisa tan normal como inhumana-. Gracias estimado desconocido- me soltó y siguió su camino para nunca volver.

* * *

Soy un hombre de lo más normal, siempre uso un traje de un color indefinido y me peino de lado. Voy todos los días a cumplir mis obligaciones en ese cubículo de dos por dos. Me llamo Jorge Cifuentes y soy inmortal, pero estoy por creer que todos los demás que me rodean también se llaman Jorge Cifuentes.

Manuel Herrera López
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