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Verde

05 de marzo de 2001

Con la primera gota de lluvia comencé a sentir algo fuera de lo habitual flotando en el ambiente. Eran casi las cinco de la tarde y me senté a escribir la manera como se desarrollaba aquella tormenta. El frío empezó a apoderarse de mis actos. Mi mirada se congeló en los verdes ojos de un delicado rostro femenino. Estaba tan atento en mi observación que no me percaté que ella ya me estaba mirando. Minutos pasaron antes que mi razón saliera de su letargo y oprimiera mi corazón. De inmediato recorrí toda la sala buscando un refugio para mis imprudentes ojos para finalmente terminar mirando un cuadro rojo con letras plásticas blancas que indicaba el menú del día. Los repetidos intentos en volver a su objetivo por parte de mi mirada me obligaron a levantarme de la incómoda silla metálica e intentar una sutil huida. Pero la ineptitud que en ese momento me inundaba logró volverme el centro de atención del lugar cuando al levantar mi maleta lancé por los aires un juego de platos que impávidos permanecían en la mesa contigua. Ahora no solo todos se percataron de mi presencia sino, adicionalmente, mi permanencia se prolongaría mas de lo previsto. No crean que no pasó por mi mente salir huyendo de ese infierno sicológico, pero mi sentido de la responsabilidad -adquirido hace muy poco- me obligó a dar la cara por los destrozos hechos. El cuchicheo en la sala se acalló cuando me perdí del público tras una puerta de letras doradas que decía Administración. Luego de pagar la vajilla que misteriosamente resultó ser una reliquia de porcelana mas antigua que mi abuela, me dirigí a la salida de ese despacho. Al llegar a la salida, y tras dudarlo más de una vez, me detuve de súbito justo bajo el marco de la puerta y le pregunté al administrador: ¿quién es la mujer de ojos verdes del cuadro de en medio del salón?

Manuel Herrera López
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