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Amor y Temor

09 de marzo de 2000

Una mirada suya me levantó de mi silla. Atravesé el salón hacia ella. Cuando la tuve casi al alcance de mis manos repentinamente salió por una pequeña puerta detrás suyo antes invisible para mi percepción. La seguí de cerca por todo el edificio, la vi caminar por lo amplios pasajes adoquinados hasta la entrada principal. Al salir a la calle la tardía luz rojiza me abrazó inundando mi pecho con su calor.

Por un momento quise quedarme allí, pero me vi atado a su sonrisa, suave, amable y amorosa. Seguí caminando detrás suyo, cada vez más convencido de mi suerte por haberla visto. Casi salíamos del pequeño pueblo, a lo lejos, negras nubes se deshacían sobre la verde pradera. Llegamos, mejor, ella llegó a una pequeña construcción al lado del ya polvoriento camino. Se detuvo y me detuve. Vi su pequeña silueta azul rodeada por un halo púrpura, un vaho violeta de radiante lucidez. Repentinamente una densa neblina cayó sobre nosotros congelando aquel momento en mi memoria. De nuevo, ella desplegó una amplia sonrisa seguida por un sutil movimiento de su cabeza. El resplandor de sus ojos me indicó mi destino. Caminé hasta un risco a unos metros del camino desde donde se entreveía un profundo acantilado delimitado a lo lejos por las ya ennegrecidas y magníficas montañas de la eterna cordillera. Su mano se posó sobre mi hombro, mis ojos se acomodaron en sus labios que lentamente modulaban mi nombre. Giré hacia el abismo, infinitamente profundo igual que mi alegre depresión. Sus dos manos bajaron por mi espalda calentándome con su caricia. Al llegar al medio se detuvieron y con un firme movimiento me sentí impulsado al vacío. No tuve que ofrecer resistencia, así lo quería. Solo caí. Volé. Floté. Su voz me llegaba claramente repitiendo incesantemente mi estúpido nombre. Nunca supe su nombre, simplemente morí, feliz de haber sido empujado por ella, aquella mujer a quien amé y que nunca conocí.

Manuel Herrera López
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