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ESPERANZA

14 de febrero de 1995

Cabe afirmar que lo más desesperante de su presencia eran los cortos y neuróticos pasos por el infinito corredor adoquinado. Luego de varios meses de permanencia en este sucio rincón me he habituado a la ración de agua y pan, a las ratas de regular tamaño y a su mirada fría y triste y, aun así, en esta inmensa soledad se que hay algo mas que me ata a el que mi cautiverio en esta celda subterránea. Diariamente me visita, me observa, me cuestiona, se cuestiona, hace anotaciones en su agenda, revisa a mis compañeros, nos tira comida y se va. Mi vida ya casi llega a su fin y el lo sabe, por eso ya no me pone electrochocks y solo aguarda el último momento para oscultarme y tirarme a la basura. Ahora sí estoy listo para mi entrada triunfal al cielo de las ratas de laboratorio.

Manuel Herrera López
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